¿EDUCACIÓN A DISTANCIA? NO, GRACIAS

A propósito de la visualización y escucha de un corto video de YouTube del profesor Niccio Órdine, de la universidad de Calabria (Italia), se me han ocurrido una serie de ideas que quiero compartir. Son como variaciones sobre el tema central propuesto por el docente italiano.

Como consecuencia de la aparición del COVID-19 y del confinamiento obligatorio en las casas, ha sido necesario impartir las clases a través de videoconferencias por medio de plataformas digitales. Dada la situación en que nos encontramos creo que, como solución coyuntural, es el mejor medio de continuar impartiendo las clases. Yo también lo estoy haciendo así. Son clases no presenciales, clases a distancia (mal llamadas virtuales). Todo gracias al milagro de las tecnologías digitales. Todas las instituciones han puesto manos a la obra, han implementado plataformas digitales y han formado precipitada-mente a los docentes en el manejo de las mismas. Ante esta realidad me vienen a la mente varias preguntas: ¿Basta con colocar un buen docente de la modalidad presencial del otro lado de una computadora para pasar a una educación a distancia de calidad? ¿Se debe transformar solo el ámbito tecnológico? ¿Qué calidad tiene el uso de las TICs en la escuela? A veces solo se trata de innovar la tecnología que se utiliza, no innovar la pedagogía (Meirieu, 2010, p. 231). Otra cuestión: Es verdad que las instituciones han organizado la pedagogía, pero ¿no deberíamos haber “pedagogizado la organi-zación”.

La tecnología digital llegó al planeta Tierra hace unos decenios para quedarse, con la promesa de facilitar y posibilitar la comunicación (ubicuidad y asincronía entre los humanos) y lo que ha traído, en muchos casos, es desencuentro, individualismo y egoísmo. Posibilita el encuentro con los que se encuentran lejos, pero también el alejamiento de los que están cerca. Yo no creo que la tecnología digital sea una herramienta educativa. Puedo conceder que sea una herramienta instructiva, pero educativa, no.

La tecnología es una herramienta poderosa y peligrosa; como toda herramienta, la tecnología no tiene más validez para enseñar, que la que tiene aquel que la utiliza. ¿Por qué razón? Porque educar exige, por su propia naturaleza, el encuentro físico entre las personas, sea en la familia, en la escuela o en la sociedad, y por esta razón dudo que estas herramientas digitales sean buenas compañeras de viaje con la educación.

Hablar de “educación a distancia” es un oxímoron; hay una contradicción interna en esta proposición. Es como hablar de “la paz armada”, de “un crecimiento negativo”, de “un silencio atronador”, de un “lavado en seco”, etc. A distancia se puede enseñar y, quizá adiestrar –aunque lo dudo– pero no educar.

La educación requiere que la persona vea, reconozca, dialogue e interactúe con otras personas, para sentirse viva, importante y para que experimente que es valiosa como persona y pueda desarrollar su identidad. Si esto no se da, no hay educación, tanto si la educación es presencial como no presencial.

Basta consultar los principios y características de la educación para entenderlo. El sujeto de la educación es siempre un ser humano y el fin de la educación es:

  • “la humanización del ser humano”,
  • “es aprender a ser personas”
  • “es formar el carácter moral y religioso de la persona”,

Pero, ¿quién va a proporcionar a los estudiantes las habilidades para aprender por sí mismos, la socialización, las relaciones interpersonales, la capacidad de liderazgo, la autorregulación, la responsabilidad en su trabajo? ¿La tecnología? ¿Un docente que se encuentra a kilómetros de distancia detrás de una pantalla digital, convertido en un técnico del proceso de enseñanza del estudiante, en el más puro estilo conductista?

Este tipo de enseñanza no puede proporcionar los componentes esenciales de la educación, que hoy sabemos que son los vitales: la humanización, la socialización, la interacción y trabajo colaborativo, personalización y el liderazgo, etc. (Calderón, 2020).

Publicado por Dr. Marino Latorre Ariño

Licenciado en Ciencias con especialidad en Químicas por la Universidad de Valencia. Realizó sus estudios de doctorado en la Universidad de Alicante (España). Es Doctor en Educación, mención Psicopedagogía, por la Universidad Marcelino Champagnat de Lima.

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